lunes, 13 de mayo de 2013

Molinos

Interior de molino en ruina
 Cambio el decorado habitual, la sierra por el valle, las grandes rampas por extensos llanos, los caminos pedregosos por las anchas pistas, el roble por la encina y todo ello a poco más de 20 minutos en coche.
La compañia de alguien que conoce la historia del entorno y te la va explicando un poco por encima hace que te pique la curiosidad para luego en casa con más calma buscar información para ampliar conocimientos.
Un paseo en bici entre los ríos Tormes y Corneja, uno afluente del otro, que comienza y termina a los pies del castillo de Puente del Congosto y en el que podemos ver varios molinos de agua en sus diversas modalidades: una aceña, sobre el mismo cauce del río, en perfecto estado de conservación, al menos por fuera pues al ser privado se encuentra cerrado y no podemos entrar a visitarlo; es increíble ver la fuerza con que baja el agua para ser capaz de mover la maquinaria, y como el invierno ha sido abundante en lluvias podemos apreciar los efectos que ha tenido la crecida del río en las inmediaciones.
A partir de ahora los demás molinos que vayamos encontrando a nuestro paso (o buscando, pues para ver alguno de ellos hay que desviarse del camino y saber donde se encuentran) son molinos de canal o de "caz", denominados así porque se sirven de la construcción de un canal para generar la suficiente fuerza del agua para mover los engranajes que accionen las muelas para la molienda del grano. Y tristemente están todos en estado de abandono y ruina.
Uno de ellos, en la población de Bercimuelle, conserva toda la maquinaria y gracias a las explicaciones de mi guía puedo hacerme una idea del funcionamiento del molino; una clase teórica en toda regla. Junto a otro encontramos a un lugareño con quien entablamos una breve conversación y nos hace saber que estuvo funcionando hasta los años 70.
Pero no sólo es una ruta interesante por los molinos, sino que además tiene su historia, pues parte del recorrido coincide con un tramo del camino por el que transitaron Carlos V y su séquito desde Laredo (Cantabria) hasta el Monasterio de Yuste junto a Cuacos de Yuste (Cáceres) para pasar sus últimos días tras abdicar.
Todo ello en un día soleado pero sin llegar a apretar el calor, y con la visión de la Sierra de Gredos aún nevada al fondo.

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